“Las estrellas de cine nunca mueren”: un romance otoñal / En la opinión de Luciano Campos

 Por Luciano Campos / Apro

Gloria Grahame (Annette Bening) fue una gran figura de cine a mediados del siglo pasado. Al llegar la modernidad a la pantalla, junto con otros rostros frescos, su aura de diva se fue desvaneciendo. En la decadencia, encontró el amor en Peter (Jamie Bell), un joven inglés al que le doblaba la edad. Juntos vivieron una tórrida y breve pasión que la fatalidad condenó a la separación.

Las estrellas de cine nunca mueren (Film stars don’t die in Liverpool, 2018) es un romance otoñal basado en la vida real, que presenta la suerte cruel de las mujeres que han dejado de ser útiles para la industria del entretenimiento. Es desoladora la mirada que echa Paul McGuigan, basándose en las memorias de Peter Turner, el joven amante que llenó de dicha los últimos años de la alguna vez cotizadísima actriz, ganadora del Oscar por The bad and the beutiful (1952).

Ubicada a finales de los 70 y principios de los 80 en Liverpool, la cinta presenta la soledad de una dama que se siente lozana y vital, aunque sabe que los años la persiguen y la acosan, restándole belleza. Es madura, pero proyecta un espíritu juvenil. Lo que puede revitalizarla es un muchacho, aspirante a actor, a quien seduce y con quién emprende una relación que, de ser casual, se torna repentinamente seria.

Los amantes establecen un noviazgo singular pues, aunque se ven liados sentimentalmente, al mismo tiempo parecen madre e hijo. Pero se ven a gusto compartiendo sus existencias. Lentamente, los secretos de ella, su pasado turbio, comienzan a emerger, amenazando el júbilo de adolescentes que comparten por haberse encontrado.

La historia pide mucho a Sunset Boulevard, de Billy Wilder, que presenta a Gloria Swanson como una patética y decadente luminaria, que ha caído en el pozo de sus recuerdos, como un refugio contra el dolor que le provoca el glamur perdido y la piel marchita que observa en el espejo.

Pero esta Gloria, que recala en Liverpool, no tiene aspiraciones para revivir su grandeza. Sólo espera por encontrar palpitaciones en su existencia solitaria. La calidez del lecho se la proporciona el muchacho que renuncia a todo para seguirla, repelente a los posibles señalamientos de mascota, que se le puedan atribuir. Indiferente al pasado de su añosa pareja. Le ayuda mucho su familia comprensiva.

McGuigan utiliza ingeniosos recursos de leguaje cinematográfico para saltar en el tiempo, con la cámara que gira en el mismo cuarto para pasar de una época a otra, o la puerta que se abre en un lugar, para llegar a otro distante. Es notable el manejo que hace de la edición para mantener la coherencia narrativa entre las repetidas alteraciones cronológicas.

Annette Bening ofrece una exquisita interpretación de la cincuentona que se aferra a los últimos espasmos de la jovialidad. Histérica, amorosa, talentosa, se consume aferrada al chico que la hace vibrar y le transmite tanto energía y como vitalidad, que se le escapan.

Por su parte, Jamie Bell aporta un gran desempeño dramático, como el inseguro joven, que encuentra, por vez primera, el amor verdadero, en una situación que lo obliga a madurar prematuramente y adaptarse a las exigencias de una compañera que en algún tiempo estuvo rodeada de las más grandes luminarias de Hollywood.

La película es un homenaje respetuoso, que se introduce en la intimidad de Grahame, para exponer sus dramas y su gran tragedia. La mirada aquí es de compasión y simpatía hacia la estrella que se apaga, en una evocación llena de nostalgia y mucho amor, erótico y fraternal.

(En el soundtrack se escucha una hermosa versión de California Dreamin’, interpretada por José Feliciano).

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